Solitud, voz y alegato femenino

Uno de los mayores exponentes del modernismo dentro de la literatura catalana de principios de siglo XX lo ofrece la autora Caterina Albert con la obra Solitud. La novela se publicó por entregas entre los años 1904 y 1905 en la revista Joventut, hasta que finalmente vio la luz de forma completa en el año 1909.

Desde una perspectiva sociológica muy marcada, Caterina Albert nos conduce a una sociedad rural de la Catalunya de principios de siglo a través de Mila, voz y alegato en un mismo personaje cuyo único método de expresión es el silencio. La historia narra y calla, generando el sentimiento de un colectivismo femenino en los ambages del desamparo y la soledad. Solitud no describe la historia de una mujer en la soledad de la alta montaña, sino que aúna, denuncia y expone el alegato de un colectivismo que empieza a emerger a principios de siglo XX, el de la voz femenina. Una narración que no es historia, sino escenario, porque describir la historia no es narrar, sino dotar de argumentación y significado al personaje.

El pretexto del que Víctor Català parte es la situación social de la mujer entre finales del s. XIX y XX. Si observamos a grandes rasgos el papel de la mujer en los últimos tres siglos, nos adentramos en una época donde la feminidad convive a través del silencio pactado, de la obediencia, la resignación y el recatamiento; donde se aúnan corsés físicos e ideológicos en cuanto a la presencia de la mujer. En relación a la obra, no es difícil observar como en los primeros compases de la novela se silencia e ignora al personaje femenino a partir de dos niveles, a nivel externo y a nivel interno de la novela. Por una parte, Mila como elemento pasivo de la acción que sucede, obligada a ser testigo pero no testimonio, de las venturas, inquietudes y suspicacias de su marido, acompañada por el Gaietà y vigilada por l’Ànima. Por otra parte, en el mismo título de la novela, donde Caterina Albert debe escribir bajo el seudónimo de Victor Català. Autoras de la literatura española como Concepción Arenal, Gertrudis Gómez de Avellaneda o Emilia Pardo Bazán sufrieron la burla y la discriminación por el simple hecho de ejercer su voz como escritoras, siendo vilipendiadas por escritores, académicos e incluso la propia Academia de la Lengua Española.

Otro de los elementos destacables dentro de la ficción narrativa que delimita y posiciona el espacio físico de la mujer frente al hombre se nos da a conocer en los primeros compases de la novela donde la situación de Mila frente a los hombres es justo detrás de ellos, donde puede ver “l’esquena tova del Matias”. Mila subsiste como un personaje pasivo cuyas inquietudes y deseos se pierden en la banalidad de la palabra y el acto de su marido, Matías. A Mila nadie le pregunta si quiere ir allí, durante los 4 primeros capítulos es ella quien pregunta, pero nadie quien pregunta por su estado de ánimo o deseos: “¿Quan arribem?”, “¿On és el massís?”, “¿I la seva dona gaietà?” son algunas de las cuestiones que se plantea desde las posiciones traseras del carro que les lleva a la ermita.

Mila es definida como una mujer cuyos anhelos encuentra en el cielo, es el mismo Gaietà quien se da cuenta y quien le expone de forma imperativa que deje de mirar arriba y se centre en lo terrenal, es decir, que se deshaga de su mundo interno y de sus cábalas y se dedique a una vida más “plana”. Sin embargo, es al mirar para la tierra cuando se encuentra a l’Ànima, un ser descrito como una ruina y una bestia. Ello plantea la contradicción de un mundo que le obliga a mirar al frente y a la tierra, a olvidarse de las disposiciones, los deseos y centrarse en una vida mundana donde sólo encuentra horror y muerte. 

Es en la nocturnidad, en los espacios donde el alma vaga de forma más libre y no se encuentra atada a obligaciones ni a enfrentarse a los demás. Relata incluso, a pesar de encontrarse sola en alta montaña, su encarcelamiento tanto en la montaña como dentro de casa. Cada acto de egoísmo de Matías, enclaustra más a la Mila en la montaña, concretamente, a raíz de los encuentros de Matías con el Ánima cuando empieza a describir que los días se acortan y ella está cada vez más sola: “Sola, fosca, deserta”, “invadida per la tristor forta i dolorosa”, se llega a adjetivar incluso la soledad que la posee: “Sa solitud eixarreïda de dona oblidada”. A pesar de no encontrar en el marido a un compañero con quien intimar, es en la soledad más profunda cuando acaba cayendo prácticamente en el olvido.

Sin embargo, Mila toma una postura activa a partir de ese desligamiento entre ambos donde empieza a buscar sus espacios de libertad y llega a definirlo como: “mestressa de si mateixa”, “secreta llibertat, harmonia de sentiments”.

El microcosmos de la obra gira entorno al hecho de verse inutilizada como mujer, de obviar sus inquietudes, anhelos y compañía, de esta premisa, podemos extraer que el macrocosmos conjuga la incapacidad social (que no intelectual) de la mujer de finales del siglo XIX frente al hombre, a pesar de su inteligencia e iniciativa, y cuyo papel social se corresponde al hecho de verse redimida y subyugada a un segundo plano emocional, físico, social e intelectual.

Otro de los enfoques más rupturistas y provocativos que surgen en la novela es el hecho presentar a una mujer de principios de siglo XX con deseo y anhelo sexual. Mila siente deseo y necesidad sexual y es comparada con el deseo animal de los gatos: “Es descobria aires de gata moixa”. Mila necesita de alguien que solvente sus ansias de mujer, su fecundidad; es tanto en su marido, como en el Gaietà, donde el deseo nunca acaba de liberarse totalmente debido a que jamás se exterioriza ni materializa el acto sexual. También hay reminiscencias eróticas en los músicos que la miran, desean y silban cuando la ven pasar que Mila se siente una mujer deseada y que lo único que le está permitido es chillar en silencio.

A raíz del deseo sexual surgen otras imposibilidades, como es el instintivo impulso a la maternidad, y la envidia que le produce cuando sabe de una pareja joven que se va a casar son los hijos sanos y fuerte que va a tener. Ante la imposibilidad de su marido de ser fértil, ve su instinto maternal ninguneado a través de su pareja, y tan solo se ve mínimamente solventado por la figura del Baldiret, sobre todo en la escena en que está a punto de caerse, es allí donde toma el papel de madre.

Sin embargo, no es únicamente crítica social ni empoderamiento del rol social de la mujer lo que Caterina Albert quiso plasmar en su novela, la idea de un alegato panfletario servía como herramienta de denuncia, pero no como instrumento para ensalzar el conocimiento ni las distintas inquietudes intelectuales, tanto de ella como de su público lector. Para ello, la autora necesitó de dos corrientes literarias que no bebían del decadentismo romántico ni la novela naturalista, sino que toma directamente a contemporáneos de su época como son Kafka y Thomas Mann para poder expresar el simbolismo de los distintos elementos de la realidad que no solo se convierten en símbolos, sino que además acaban transmutando al personaje dentro de un paisaje concreto.

El objetivo de la autora no se traduce en la sucinta descripción ni en el análisis de una realidad que todos conocemos, sino que pretende determinar y componer a través del espacio a su personaje principal, Mila.

El primer símbolo es la montaña que, además de ejercer como marco, simboliza las dificultades de la vida a través de su difícil ascensión y la dificultad que supone la vida en los altos de montaña. Otros personajes como el pastor, Gaietà y l’Ànima también son símbolos. El pastor ejerce la función de guía de Mila en su mirada hacia el interior. El pastor es un creador, un hombre hecho a sí mismo, un nietzscheano. Las conversaciones con el pastor la reconfortan y ayudan en no sentirse tan vacía ni tan sola. El Ànima simboliza el primitivismo, los instintos terrenales, la barbaridad de los seres humanos convertidos en violencia, su irracionalidad escondida, profunda e instintiva.

La relación que entronca al personaje principal, Mila, con la identificación con un paisaje como la montaña, determina que ambas son protagonistas de la historia, ya que una no se entiende sin la otra. Probablemente, Mila padece una exteriorización de la montaña como Franz Kafka trabajó en La Metamorfosis con Gregor Samsa, el paisaje interior se ha exteriorizado en forma de ser vivo que interactúa con el medio. La concepción del Idealismo que Thomas Mann impuso a través de La Montaña Mágica es la ilusión, el deseo de la Mila de ser montaña. A medida que se va a convertir en montaña, la novela es un ensimismamiento profundo de la protagonista y su fusión con el medio que la envuelve, de cada imagen del paisaje aparece el sentido de lo maravilloso que despierta en ella una conciencia superior.

Un ejemplo de ello surge en relación a la llegada de la primavera, tanto la Mila como la Montaña comienzan a transmutarse: “Els pits prenien turgències de pits de mare novella”, la primavera embellece la montaña del mismo modo que lo hace con Mila.

No es casual tampoco que uno de los temas que subyacen a través de la narrativa de C. Albert es la perpetua lucha que se generó a raíz de la revolución industrial y que con tanta precisión se desarrolló a través de la literatura argentina del gaucho: la concepción antitética entre civilización y barbarie. La concepción de la Vila por la protagonista es un manso de vicios y podredumbre para el hombre, que corrompido por los beneficios del positivismo ha olvidado aquello que todavía lo reintegra con el mundo, la tierra.

Sin embargo, el conceptismo de la barbarie no es término de salvación para su personaje, ya que es en la barbarie donde se debate la lucha entre la supervivencia, en relación a su lucha contra hombres primitivos como l’Ànima y su particular lucha contra la soledad.

Para ser exactos, Caterina Albert encuentra ese espacio neutral de existencia casi bucólica en Sant Pere Pescador, donde Mila relata su felicidad cerca del mar, donde los pescadores como su tío vivían de aquello que la tierra les ofrecía. Sin embargo, con la construcción del puente y el Progreso, llegaron la fábrica y las gentes, y con ellos la barbarie.

Finalmente, y después del acto de barbarie, Mila se pierde en un mar de pensamientos en la noche, llegando a la concepción de lo inaccesible para el conocimiento humano, como el primero sueño de Sor Juana Inés. Sor Juana se despierta, ella se duerme. Mila no puede alcanzar el conocimiento del más allá, y lo define como: “Que els homes no han de contorbar amb ses ongrates quimeres”. A partir de ahí surge la concepción de la influencia Ibseniana en Mila, solo quien se ha hecho fuerte en el conocimiento, siempre doloroso de la realidad puede estar solo, i Mila, quien ha sufrido todo, se ha hecho fuerte y es capaz ahora de enfrentarse al mundo real.

Más allá, tanto del alegato narrativo como de denuncia que compone el pensamiento de Caterina Albert en la obra, su intención fue más allá. La capacidad de la autora de saber conjugar la denuncia del colectivismo femenino con la alta narrativa europea, codeándose con autores de la talla de Mann, Joyce o Kafka; y demostrando desde la literatura un hueco negado y la voluntad de recuperarlo.

 

 

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