Strangers Things. Penny Dreadful. Primeras Impresiones.

La casuística del mundo de las series televisivas cada vez está magnetizando, y de qué manera, el mundo de la narrativa audiovisual. A día de hoy la revolución que supuso la convergencia de la mal llamada piratería frente a la Smart TV ha declarado la victoria por K.O de esta última. No únicamente se ha llevado la relación del consumidor de vuelta a la televisión frente al ordenador, sino que a día de hoy ya se han embarcado en una nueva guerra abierta entre cadenas por ver quien se hace con el dominio de el prime time por cable, entendiendo prime time no como horario de máxima audiencia frente al televisor sino como aquella cadena de entretenimiento que consigue focalizar la atención, curiosidad y, sobre todo, consumo del espectador. A día de hoy no necesitamos nuevos conceptos de ‘horarios televisivo’, la nueva televisión es un conglomerado de Youtube, Netflix o HBO donde el consumo deriva no sólo del número de espectadores sino de aquellos que pagan mensualmente una suscripción por la que pagan católicamente sus, aproximadamente, 8€.

En este nuevo new media que se ha instalado de lleno en los hogares nos encontramos paradigmas que no se alejan de los preceptos clásicos de hacer cine o series de televisión tal y como los hemos entendido hasta ahora, y para ello, nos encontramos con dos enclaves que albergan dos concepciones que conceptualmente se alejan mucho la una de la otra. Por un lado me refiero a Penny Dreadful, por otro, a Stranger Things.

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Una de las convicciones, desde mi punto de vista, de las que parte Penny Dreadful es asumir la reiterativa concepción de un espectador aletargado, carente de una necesidad de nuevos contenidos y que pretende maximizar la fórmula hollywoodiense del 1 + 1 = 51. ¿A qué vengo a referirme con esto? Las épocas del New Deal cinematográfico perecieron, y volver a concebir al espectador como una especie de tragalotodo televisivo ni convence ni aporta. Por qué me refiero a esto hablando de Penny Dreadful? Volvemos a concebir el mainstream como norma, la “producción vampírica” empieza a extenderse como lo fue la explosión del concepto Zombie y promete establecerse sin ofrecernos nuevos márgenes de expresión o de interpretación al espectador. ¿En qué me baso? Protagonistas especialmente deterministas y determinados, doctores locos, visionarias de futuro, buscavidas pendencieros y malos, muy malos. Vuelve la eterna lucha entre el Bien y el Mal, despojada de matices que caractericen un personaje. Únicamente un Bien contra un Mal. Ello nos lleva al enclave de la necesidad permanente del hombre de buscar un Mal que lo englobe todo, superior, que albergue la maldad en un único prototipo y sobre el cual la bondad pueda alzarse. Este uniformidad agota desde los primeros compases de la serie, un espectador que no se deja arrastrar nunca va a sucumbir ante los modelos estereotipados hasta la saciedad.

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Caso distinto lo alberga Stranger Things, una serie cuya premisa inicial es captar la esencia del espíritu de los 80, recuperar la nostalgia sabiendo que tiene a un público ansioso por y para ello, cuya acumulación de estereotipos es la base sobre la que va a crecer la concepción de la historia. Si partimos de esa concepción idílica de la infancia sumada a un gran trabajo de dirección de arte y unas gotas de ciencia ficción. Los amantes de los 80 sólo tienen que recrearse deleitando un producto que es un éxito en sí mismo, por el mero hecho de existir y no hacia donde conduce.

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