Black Mirror, sobreviviendo al progreso

Una de las principales características de la epopeya resultante de iniciarse en el laberíntico mundo de Black Mirror difiere en gran medida de enfrentarse a otras series sobre tecnología, futuro o distopias las cuales se nos presentan con sobreabundancia en el streaming de la nueva era televisiva. Uno puede establecerse delante de la pantalla de dos maneras: por un lado, desde la incredulidad y la desconfianza de un producto alejado de la realidad que nos circunscribe y, por otro lado, como en una especie de estado de alerta, de presunción de una cuestión inexorable que parece acercarse a un modo de actuar que cada vez vive menos de la tecnología para vivir directamente a través de ella.

Acercarse a Black Mirror está exento de premisas a las que aferrarse, puesto que el espectador está abocado a un universo desconcertante, eso a lo que los expertos llaman la new era del big data. La serie británica de Channel 4 pretende alertarnos sobre un viaje sin billete de vuelta a un futuro mucho más actual de lo que nos podríamos esperar como espectadores. Black Mirror se nos presenta en una realidad cercana aunque visualmente inexplicable, inabarcable o disímil, donde la tecnología no es más que el pretexto iniciático que nos acerca a un mundo que reconocemos pero en el que no nos hallamos en su totalidad, puesto que nos encontramos con una distancia automatizada debido a la barrera tecnológica y de la cual carecemos actualmente para poder establecernos en la igualdad con lo que estamos viendo.

El escenario que se nos propone no nos acerca a una distopía tecnológica ni humana, sino a un proceso totalizador en el que la sociedad ha sido absorbida por la ciencia, por una especie de organismo invisible que se ha apoderado ya no solo de lo material e individual, sino que lo ha hecho alienando la capacidad del hombre de plantearse causas y consecuencias del imparable avance tecnológico. Ello nos conduce a la aceptación simbólica del hombre sobre unos cambios que le han llevado a un paradigma de esclavitud invisible, voraz y esclavista donde su sed de innovación e implicación del ser humano en ella es prácticamente incuestionable. La cuestión primordial no gira alrededor del concepto de la tecnología, sino de cómo entendemos a día de hoy la cuestión de una libertad mermada desde los ambages de un sistema capitalista que ha circuncidado nuestra capacidad de reflexión sobre un modelo de sociedad anclado en valores de consumo de masas.

Ciñéndonos de manera estricta a la serie, en los distintos capítulos que componen primera y segunda temporada (a falta de completar la tercera), el conflicto se genera a partir de cuestiones prácticamente inherentes a la condición humana del hombre y no a la tecnología. Temas como la alienación del hombre, la muerte, el amor, los celos, la hipocresía o la política son asuntos que pertenecen a la condición del individuo desde la Grecia clásica, y donde la tecnología tan solo sirve como pretexto y motor de una historia que se desarrolla a partir de cuestiones primarias propias del hombre. Parece que la tecnología en muchos de los casos se nos presente como una suerte de caja de Pandora, desatando una serie de males que sin ella no habrían salido a la luz, lo que conduce al hombre a una especie de huida a la desesperación por unos tiempos que han cambiado la forma de concebir la realidad tanto social como política o profesional del hombre.

Una de las cuestiones planteadas es la capacidad de concebir cual es la génesis de la naturaleza tecnológica y como la conceptualiza el sujeto espectador. ¿Como problema o como solución? Si nos centrásemos en el nudo de la cuestión, comprobamos como todo conflicto surge desde un problema estrictamente provocado por el hombre, véase, el cuestionamiento de la face política, el desengaño amoroso o la muerte de un ser querido. Desde esas perspectiva, la tecnología sirve como alternativa a un entorno cambiante, a un mundo que se establece en la novedad constante como sistema regido ante el mundo y donde la ciencia ya no plantea soluciones, sino herramientas con las cuales enfrentarse a ellas en un nuevo cambio de paradigma. El hombre debe volver a ejercer un camino que no le es enseñado, que no entiende de algoritmos ni fórmulas, puesto que lo emocional, lo intuitivo o lo miserable se acerca más a una cuestión antropológica del hombre por encima del medio que lo envuelve. Black Mirror es esa vuelta, ese cambio de paradigma socio-tecnológico (si se me permite la expresión) que hace girar al individuo sobre sus ejes para que, en un mundo de mecanismos, chips, google glass o pantallas táctiles, vuelva a cuestionarse algo que no se halle en los trendings topics, su identidad y la del círculo que le envuelve dentro de un mundo desintegrado por el propio ser humano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s